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SIGUIENDO EL HILO DEL TIEMPO

XXIV

LAICISMO Y MARXISMO

 (Battaglia Comunista, nº 36 del 21 a 28 de septiembre de 1949)

Traducido por Partido Comunista Internacional

“El Comunista” / “Per il Comunismo” / “The Internationalist Proletarian”

www.pcielcomunista.org

 

 

 

AYER

Sigue el intento de utilizar para los fines de las relaciones políticas en Italia en el choque entre los partidos coherederos del fascismo el efecto obtenido del juego demagógico de las “tradiciones laicas”, y para movilizar estos que Pareto[1] habría llamado “residuos” se revuelven las aguas, y la ola de lodo sale del fondo donde parecía haberse precipitado.

Con la misma técnica de oficio la parte opuesta realza las influencias de la “tradición cristiana” sobre las que se funda la civilización romana y europea, y los dos campos opuestos tienen en común el jactado punto de llegada, queriendo ambas con los recursos del pasado correr a la salvación de la democracia europea y mundial, del pueblo y de la nación italiana.

Manipuladores y estafadores de la más alta clase indudablemente son los primeros, porque todavía declaran querer conciliar sus medios y objetivos con la posición marxista, con la lucha de clase proletaria.

Adoptar el método de la lucha de clase y profesar la teoría marxista significa poner todas las tradiciones al otro lado de la barricada, y con ellas todas las civilizaciones que disponen de una tradición. Para los marxistas si la civilización tiene un sentido, está todavía por llegar.

El premio de la incoherencia y del despropósito corresponde pues a los comunsocialistas estalinianos, en la actual edición libre pensadora, y el más turbio lodo es el chapoteado por ellos con el fin de hacer extraviar el camino a la clase obrera,

¿Qué no sale a la superficie? ¿A qué cosas viejas no se quitan el polvo? San Pablo que acusa de impostor a San Pedro; el proceso a Galileo y la falsificación conformista de la hábil defensa del inerme matemático que asume tener que leer la Biblia en sentido simbólico y no literal en el intento dialéctico de no retractarse de la tesis del movimiento de la Tierra, pero que en sustancia asume claramente que la investigación se hace con observaciones astronómicas y cálculos y no sobre la lectura de los sagrados textos (laico no de broma o por chantaje); las cortesanas romanas cuyo régimen y servicios disciplina el papa con un decreto; el matrimonio que puede hacerse incluso sin ir a la iglesia y es válido igualmente, cosa ignorada hoy que “los socialistas ya no son todos libres pensadores”; la indignación de los mejores escritores católicos porque la iglesia no admite que se sea creyente y comunista a la vez; y encima de todo la reivindicación de la fiesta del 20 de septiembre[2] y la invocación a la nueva cruzada contra el retorno del poder temporal[3]. Los cristianos del medioevo europeo fueron si no me equivoco a ocho cruzadas, los sedicentes marxistas del tiempo capitalista no van a querer detenerse a ocho veces ocho. Ese conjunto maloliente y multiforme que hemos llamado oportunismo, socialtraición, defensismo, intermedismo, bien lo podríamos llamar socialcruzadismo. El grito de hoy, el dernier cri[4] del renegatismo es pues: ¡Salvemos el Veinte de Septiembre! ¡Dios lo quiere!

Se trata de la cruzada en defensa del pensamiento laico, postulado precioso al cual se opondría hoy una única fuerza de las muchas organizadas en la sociedad: la Iglesia, de hecho la Iglesia de Roma, mientras en su defensa deberían converger todas las otras, desde los partidos y organismos obreros “revolucionarios” hasta el estado constitucional, hasta los mismos creyentes religiosos en Dios y en el evangelio de Cristo, aunque contrarios del clericalismo que sería la influencia social y política de la Iglesia.

Para volver a poner en orden esta cuestión bastaría la única observación de que, si es concebible un conjunto de hombres que tengan una misma opinión y la profesen incluso con actos exteriores sistemáticos, es decir una verdadera y propia organización, admitir que la misma no tenga funciones también sociales y políticas significa haber tirado el marxismo por la borda.

La lucha de los laicos contra los clérigos es también una superestructura de las luchas entre las clases divididas por intereses económicos opuestos. Pero en cada revolución de clase el campo de los laicos y de los clérigos se mueve, y los clérigos de hoy son los laicos de ayer. Una única revolución no formará clérigos, una que logrará suprimir las clases. A esto no han llegado en Rusia, y el suyo es el más clerical de los partidos, filisteo al punto de saber poner sobre el escenario la pièce[5] antifarisaica.

Frente a la iglesia tradicional judía y al estado teocrático oligárquico del tiempo, el movimiento de Cristo fue un movimiento laico, en cuanto se inició con la tentativa de romper el monopolio de la sinagoga y de los fariseos sobre la guía y la educación de las masas, sobre la enunciación y el control de toda tesis y petición según el conformismo de los textos sagrados, es decir, según los intereses constituidos de la clase dominante. Bien podemos usar el término laico para la fase de crítica teórica y de propaganda, para el Cristo que pretende, sin investirse de la carrera jerárquica de rabinos, escribas y doctores, escupir en el templo, ejercer la medicina, hablar a las multitudes, dirigir una escuela de discípulos fuera de las redes oficiales y de las castas tradicionales. Usaremos el término de movimiento revolucionario cuando la masa esclava depondrá el respeto a Caifás, a Herodes, a Pilatos y a César y tomará las armas.

Cuando Pablo se opone a Pedro, ya investido del cargo de Jefe, que quiere injertar la nueva doctrina y la nueva organización sobre la tradición mosaica pura y por lo tanto derivar cada catecúmeno cristiano de un judío ortodoxo y circuncidado, y proclama, Pablo, que a la nueva doctrina e iglesia se puede venir de cualquier origen, incluso bárbaro y pagano, porque ésta ha roto todos los puentes con el régimen que ha derribado, evidentemente Pablo habla todavía como laico mientras ya Pedro se comporta como clérigo[6]. De aquí el epíteto de impostor que, como recuerda Ubertazzi en el ¡Avanti!, Pablo narra en la epístola a los Gálatas de haberle dirigido en el debate al jefe de los apóstoles.

En el mismo sentido son antilaicos y merecen el mismo epíteto aquellos ex marxistas que pretenden conciliar la nueva fe revolucionaria con la conservación y la defensa de tradiciones propias del régimen que debe ser derrocado, reivindicando como Togliatti el libre pensamiento, como Nenni la fiesta de la brecha de Porta Pia[7], excluyendo de sus filas a aquellos que rechazan concebir la reivindicación socialista como subordinada a sus palabras fariseas de democracia, de nación y de patria.

Siendo organizada en los siglos de en medio la victoriosa escuela cristiana en la potente jerarquía de los clérigos, desde los tiempos de Dante se levantan los laicos, es decir, nuevos elementos de vanguardia, expresión de una nueva clase que surge, con la pretensión de no ser excluidos del estudio, de la enseñanza, de la crítica, y en confrontación con los dictámenes de las cristianas escrituras y de los sanedrines de la iglesia. Ésta, que había monopolizado, pero no suprimido la cultura, la ciencia y la filosofía, cumple una obra maestra de ordenación en la escolástica relacionando sus textos con los resultados del pensamiento clásico y con la sabiduría aristotélica transmitida por los infieles traductores árabes, y sobre esta trinchera espera con pie firme el asalto, reflejo de la lucha de clase entre la burguesía moderna y la aristocracia feudal. Entonces ubicamos así entre los laicos de esta fase histórica a los humanistas del Renacimiento, a los científicos y a los filósofos de Italia, Francia y Alemania, los jefes religiosos de la Reforma que introducen el derecho a la crítica en la fe cristiana, pudiendo cada fiel desarrollarla con diversa interpretación de la del clero, y todo este movimiento tantas veces recordado.

La constitución con las revoluciones burguesas del poder capitalista en las principales naciones liquida históricamente esta gran lucha con la derrota de la Iglesia. La nueva clase dominante, pasadas las convulsiones de la lucha, no se prefija la prohibición de los cultos y la demolición de las organizaciones religiosas, pero poco a poco les quita la influencia sobre la escuela, sobre la difusión de las ideas en todas las formas, como la prensa, la literatura, el teatro, etc.

En los países de las iglesias reformadas ya separadas del papado romano el proceso de sistematización resulta más fácil, menos en aquellos de religión católica, donde a pesar de todo poco a poco Roma reconoce los nuevos regímenes, mientras la burguesía pone el hecho religioso entre los recursos de defensa de su dominio. Expresión de ésta Napoleón, en las palabras de France[8], “Era demasiado sabio para no meter en su juego al viejo Yahveh (el dios cristiano) aún potente sobre la tierra y que se le parecía en el espíritu de violencia y de dominación. Lo amenazó, lo aduló, lo acarició, lo intimidó. Le encarceló el Vicario, a quien le pidió, con el cuchillo en la garganta, la unción, que desde el antiguo Saúl vuelve fuertes a los reyes; restauró el culto al demiurgo (Yahveh mismo, en la terminología del ángel rebelde que habla) le cantó Te Deums y se hizo reconocer por él como Dios sobre la tierra, en pequeños catecismos difundidos en todo el Imperio. Ellos juntaron su trueno, y fue un buen estruendo”.

¿Literatura? ¡Pero qué diferente de aquella rancia y laica de los Hugo y de los Carducci!

HOY

El laicismo burgués en la presente sociedad vale esto: guerra más deísmo. Ya en el tiempo del ruido anticlerical uno de los pilares de nuestra crítica hacia el frente único laico – primer y digno precursor de todos los otros frentes únicos a través de los cuales la bandera de la Revolución ha acabado en el estiércol – fue la de que el planteamiento anticlerical, el común denominador de los residuos laicistas, conducía directamente al planteamiento patriótico y nacionalista, y ello por el reflejo general de la traición a la autonomía de clase, y por los reflejos especiales de la situación italiana.

Una de las razones, no la única, por la que entre los países católicos Italia no se organizó en unidad estatal antes de la revolución liberal, era la existencia en Italia y en Roma del centro de la iglesia católica. El conflicto jurídico se debía resolver en un conflicto político y militar, porque era de naturaleza territorial, dado que precisamente la capital que buscaba la burguesía estaba en el estado temporal del papa.

En cualquier país la fórmula de Cavour: libre Iglesia en libre Estado, teorema de Pitágoras del laicismo hoy reemergente, era enfrentada por los marxistas revolucionarios. Si el proletariado no puede vencer más que matando la libertad para la burguesía de conservar su Estado, tanto menos puede hacerlo dejando libre de vivir y de hacer a la Iglesia, que este moderno estado burgués defiende, no solo, sino que ha defendido incluso los poderes que éste se subrogó.

En cuanto a la cuestión de la capital estatal del nuevo reino, la posición del proletariado en cuanto clase nada podía tener en común con la burguesa, romántica, democratoide tradición de “¡Roma o muerte!”

Era desde entonces el caso de decir, con el conocido epigrama, que si Turín llora desesperada por la partida de la Corte, como se alegrará Roma diez años después a su llegada, “a Florencia, la gentil cuna del arte, poco le importa cuando llega y cuando parte”.

Las borracheras laicistoides de cada 20 de septiembre no sólo consiguieron un seguro efecto anticlasista y contrarrevolucionario, no sólo sirvieron de alimento a la charlatanería socialpatriótica de la “anticlerical” guerra de 1915 – por lo tanto bien encargado al nunca-marxista Nenni, defensor de la guerra entonces y padrino de la veleidad anticlerical de los primeros fascios mussolinianos, de hacer la actual campaña publicitaria con frases de este calibre: ¡Mussolini, el más anticristiano de los italianos! – sino que iban directos a la apología de la casa saboya. Los méritos de ésta fueron históricamente infinitos; como Pippetto[9], pobre hombre, quería destronar a Benito con el estado de asedio, el abuelo, sorprendido entre los caballos por la noticia de Puerta Pía, golpeó el sombrero en el trasero de una yegua y clamó en la lengua que poseía mejor no solo que el italiano sino también que el francés ancestral: “anca sta balossada m’han fait fé…!”[10]. La historia determina a todos estos payasos de reyes, presidentes y jefes de partido a recitar las partes que nunca se habían soñado.

Y toda esta basura debería hoy volver como reivindicación de clase de los obreros ¡y estos ordeñan los flacos bolsillos para mantener hojas que tratan de estas cosas! ¡Y todo este pedestre vomitivo conformismo sería el pensamiento laico de nuestro tiempo!

Como laico fue Pablo para Pedro y Dante para la Curia Romana, laico como estudioso crítico e intérprete revelador de una nueva clase ha sido para nuestro tiempo Marx, que ha osado estudiar, indagar y proclamar la crítica de las tradiciones sin puestos, títulos, ni precio de la obra. Clérigos de hoy no son ya los Píos, los Leones y los Benedictos, sino los Smith, los Ricardo, los Pareto, los Einaudi mantenidos en su suficiencia pseudo científica por las sociedades industriales, por las universidades burguesas y por las repúblicas democráticas.

Laico y combatiente de la revolución fue Lenin, que no solo barrió el trono y el altar, dios y patrón, sino que rompió la mentira del engaño democrático y del libre pensamiento realizando la primera dictadura de clase. Y Lenin en el campo crítico remachó para siempre el sinsentido de la libertad de pensamiento, de opinión, de ciencia y de enseñanza. Libre de pensar será el proletariado cuando no dependerán del sistema y del poder capitalista, Lenin escribe, las salas de reuniones, las sedes de las asociaciones, las escuelas, las universidades, las imprentas de los periódicos, los teatros, los cines.

No se trata de liberar los espíritus, sino de tomar todas estas posiciones con las armas en la mano, prohibiendo su empleo y su uso a los defensores de doctrinas tradicionales, tanto a los sacerdotes de Yahveh como a aquellos del Plutón capitalista, y del prostituido Demos.

No se puede volver bajo la sombra de la tradición laica burguesa sin renegar de todo esto, sin traicionar al socialismo. Bien puede estar bajo esta equivocada sombre quien, como Nenni, no ha traicionado, porque nunca ha profesado socialismo. Porque, si hiciera falta probar que reivindicando el laicismo uno se convierte en burgués, bastaría su lenguaje que explícitamente lamenta en el olvido del 20 de septiembre la humillación del Estado italiano, la traición de la función y de la misión de la Nación.

¿Como podría saber quién nunca estuvo en las secciones socialistas de entonces, que se prohibía ir a la fiesta laicísima entre las laicas, precisamente porque se pensaba partir en dos la Nación, sabotear su función y su misión, soñando llegar a desarrollar nuestra función y misión internacional de clase, en la humillación del Estado de Roma, de Roma 1870?

[1] NdT: Pareto llama “residuos” en su teoría sociológica a las expresiones de los instintos, sentimientos o pasiones codificados en la naturaleza humana.

[2] NdT: 20 de septiembre de 1870, fecha que marca el fin del proceso de unificación italiana con la derrota final de los Estados Pontificios bajo el papa Pío IX como la unificación de la península italiana bajo el rey Víctor Manuel II de la Casa de Saboya.

[3] NdT: Se refiere al poder político papal sobre los antiguos Estados Pontificios y en general al poder político de la Iglesia católica.

[4] NdT: Último grito. En francés en el original.

[5] NdT: Pieza, en el sentido de obra. En francés en el original.

[6] NdT: Incidente descrito en la Epístola de los Gálatas acerca de una disputa entre Pedro y Pablo en Antioquía. Pablo defendió que los gentiles no necesitaban ser circuncidados ni observar las leyes dietéticas del Antiguo Testamento.

[7] NdT: El 20 de septiembre de 1870, un cañonazo abrió una brecha en las Murallas Aurelianas en Puerta Pia (Brecha de Porta Pia).

[8] NdT: Anatole France, escritor francés.

[9] NdT: Vittorio Emanuele III de Saboya fue Rey de Italia del 1900 al 1946.

[10] NdT: “Hasta este timo me han hecho hacer”. En piamontés en el original.

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