¡Proletarios del mundo, uníos!
CONTRA LA CLOACA CAPITALISTA DE CEMENTO: ESPACIO Y OXÍGENO COMUNISTA
Una verificación científica
En el primer capítulo del Manifiesto del Partido Comunista Marx y Engels relatan el nacimiento, desarrollo y ascenso de la burguesía partiendo de la base material del desarrollo del comercio y el descubrimiento de nuevas rutas de navegación. Allí se recoge, ya en 1848: “La burguesía ha sometido el campo al dominio de la ciudad. Ha creado urbes inmensas; ha aumentado enormemente la población de las ciudades en comparación con la del campo, sustrayendo una gran parte de la población al idiotismo de la vida rural.” En el programa revolucionario inmediato contingente de 1848, el Manifiesto recoge como medida inmediata tras la toma del poder la “Combinación de la agricultura y la industria; medidas encaminadas a hacer desaparecer gradualmente la oposición entre la ciudad y el campo.” Este punto no sólo es una medida inmediata sino que forma parte del programa revolucionario integral. De hecho, el socialismo científico de Marx y Engels le reconoce a los socialistas utópicos el haber puesto en el primer plano de la transformación social la necesidad de la eliminación del contraste entre la ciudad y el campo.
En 1848 cuando se escribió el Manifiesto, la ciudad más poblada del mundo era Londres, capital del país modelo que Marx utilizó para estudiar y describir las leyes que rigen la parábola del capitalismo desde su nacimiento hasta su ineluctable muerte. Así la describía Engels en 1844: “Una ciudad como Londres, donde se puede caminar durante horas sin siquiera entrever el comienzo del fin, sin descubrir el menor indicio que señale la proximidad del campo, es algo verdaderamente muy particular. Esta enorme centralización, este amontonamiento de 2,5 millones de seres humanos en un solo lugar ha centuplicado el poderío de estos 2,5 millones de hombres.” (La Situación de la Clase obrera en Inglaterra, 1844).
Por aquel entonces se le decía a Marx que era una locura afirmar que el resto de países se desarrollarían del mismo modo que Inglaterra, pero en el trascurso de estos 180 años se ha podido comprobar como el capitalismo ha anidado en todo el globo, como la “particularidad” de Londres se ha vuelto universal, y como “poblaciones enteras surgiendo por encanto, como si salieran de la tierra” (Manifiesto del Partido Comunista, 1848) han proliferado y proliferan por todos los continentes.
En 1952, en la reunión de Forlì, nuestro Partido, en plena continuidad con la línea marxista, fijó como punto del programa revolucionario inmediato la “«Detención de la construcción» de casas y lugares de trabajo en torno de las grandes ciudades, e incluso de las pequeñas, como punto de partida para encaminarse a la distribución uniforme de la población en el campo. Reducción de la congestión, la velocidad y el volumen del tráfico, prohibiendo el inútil”.
En el año 1952 había 339.867.767 habitantes en los conglomerados urbanos de más de 100.000 habitantes representando un 14,13% de la población mundial; en 50 años, en 2006 la cifra pasó a 2.162.591.788 representando un 34,13% de la población mundial (ver El Comunista nº48 y 49), en 2025, la cifra ha aumentado hasta unos 3.267 millones sobre una población de unos 8.300 millones (39,69 %). En 2026 sólo las 100 ciudades más pobladas del mundo albergan a unos 1.000 millones de personas: una octava parte de la población mundial se concentra en estas 100 macro concentraciones urbanas. Tokio tiene 37 millones de habitantes; Delhi 34,25 millones, Shanghái 29,99; Dhaka 23,67; Sao Paulo 22,93; México 22,58; El Cairo 22,49; Lagos 16,36... El capitalismo más viejo, Londres, 9,69.
Estas grandes aglomeraciones urbanas imponen por su propia estructura un porcentaje elevadísimo de desposeídos – asalariados – que no tienen propiedades ni medios de producción propios que impidan su amontonamiento. En ellas se verifica la ley de la miseria creciente: "Crece la miseria y se concentra la riqueza, porque crece desmesuradamente el número absoluto y relativo de los proletarios desposeídos, que deben comer cada día lo que han ganado ese día. Nada muta en el fenómeno económico si cada día el salario de algunos proletarios, en profesiones dadas, en algunos países, permite la tajada de carne y el cine, y, ventura suprema, la suscripción a L’Unità” (Marxismo y miseria, Battaglia Comunista, 1949).
La cloaca y el hacinamiento capitalista
Esta concentración y aglomeración de la población en las grandes ciudades hace de éstas un foco de insalubridad. En el tercer tomo de El Capital, Marx explica la dificultad de la burguesía para procesar los residuos generados por el consumo del hombre en las grandes ciudades: “La economía capitalista registra un derroche gigantesco en cuanto a su aprovechamiento se refiere; en Londres, por ejemplo, no ha sabido encontrar mejor destino al abono procedente de cuatro millones y medio de hombres que el de emplearlo, con unos gastos gigantescos, para convertir el Támesis en un foco pestilente”. (El Capital, Tomo III, Capítulo V apartado IV). La burguesía de la Francia del Siglo XXI ha tenido que invertir más de 1.400 millones de euros para hacer del Sena un río en el que (se supone) bañarse ya no provoque enfermedades…La prueba “científica” burguesa de que las aguas no están contaminadas es bañar a uno de sus títeres parlamentarios y enseñarlo a las masas: ¡si el cretino parlamentario sigue vivo, no hay peligro!
En la división internacional del trabajo, hay ciudades que tienen el “honor” de ser directamente el vertedero de residuos y desechos internacionales. Así ocurre, por ejemplo, con los residuos electrónicos enviados a Ghana y que terminan concentrándose en zonas de procesamiento de Accra. Pero en todas partes, la suerte de la mayoría de los proletarios en las grandes ciudades es vivir hacinados en los barrios obreros: “Es en nuestra época cuando la confusión ha sido llevada al colmo, pues por todas partes donde el urbanismo de la época anterior dejaba todavía un pequeño espacio libre, se ha construido y reparado chapuceramente hasta que al fin ya no queda entre las casas ni una pulgada libre donde sea posible construir”. (La Situación de la Clase obrera en Inglaterra, 1844).
En estos barrios obreros, las enfermedades se propagan con mayor facilidad por la falta de renovación del aire y porque la burguesía no invierte en limpieza; y lo mismo sucede en los metros, autobuses o trenes donde se embute al proletariado como ganado para ir y volver del trabajo.
Los obreros viviendo en sótanos no son exclusividad de la Manchester y la Liverpool de 1844 y cuando hay inundaciones estas viviendas son las primeras en anegarse. Tras las catástrofes, la burguesía se echa las manos a la cabeza y hace restricciones de construcción, pero “Todos estos focos de epidemia, esos agujeros y sótanos inmundos, en los cuales el modo de producción capitalista encierra a nuestros obreros noche tras noche, no son liquidados, sino solamente... desplazados. La misma necesidad económica que los había hecho nacer en un lugar los reproduce más allá; y mientras exista el modo de producción capitalista, será absurdo querer resolver aisladamente la cuestión de la vivienda o cualquier otra cuestión social que afecte la suerte del obrero.” (Contribución al problema de la vivienda, Engels, 1872).
El capitalismo no sólo obliga a vivir a sus obreros bajo tierra en sótanos, auténticas ratoneras, sino que los encierra a cientos de metros de altura en diminutas celdas de confinamiento en macroedificios de 20, 30, 40 o más plantas para aprovechar en altura y anchura al máximo cada metro cuadrado.
Así describía nuestra corriente en 1953 los planes urbanísticos del laureadísimo Le Corbusier: “El principio de la superexplotación del espacio llega hasta estas tendencias descabelladas: superponer el verde de los jardines urbanos (¡mañana también el de los campos de trigo y patatas!), las vías de tránsito y la superficie cubierta de los edificios verticalmente en el mismo espacio. Verticalismo, se llama esta doctrina deformada; el capitalismo es verticalista. El comunismo será «horizontalista».” (Espacio contra cemento, Il Programma Comunista). Este verticalismo capitalista no tiene nada que ver con que al globo terráqueo le falte espacio, sino que es producto exclusivo de la concentración de capitales.
El capital necesita una masa de asalariados disponibles para poder contratar a bajo precio y la masa de asalariados está obligada a ir allí donde haya más probabilidades de encontrar un comprador de su fuerza de trabajo, es decir, donde haya más capital. Esta es la fuerza irresistible que empuja a la población a aglomerarse en las grandes ciudades, por ello estas aglomeraciones que son un foco de contaminación e insalubridad son inevitables mientras subsista el trabajo asalariado y el capital.
A esta aglomeración gigantesca de la clase obrera le acompaña el tráfico epiléptico que satura y bloquea las grandes ciudades. La anarquía de la producción mercantil impone a la fuerza de trabajo buscar un comprador donde sea que lo encuentre, esto produce inevitablemente una multiplicación de desplazamientos inútiles, caóticos, irracionales e implanificables. Además de un derroche de tiempo yendo y viniendo de los puestos de trabajo y un incremento de la contaminación.
El criterio del mínimo coste y el negocio del desastre
En el capitalismo las construcciones se realizan con el único objetivo de satisfacer las necesidades de la ganancia, por ello sólo “Con el fin del capitalismo, este criterio de la técnica constructiva que se presenta hoy en las escuelas y en las obras como una verdad eterna, acabará sin honor: el criterio que dice: hacer soportar los máximos pesos y los máximos esfuerzos a las estructuras del mínimo peso y sobre todo del mínimo coste posible”. (Política y construcción, Prometeo, serie 2, nº3 y 4, 1952). La cantidad de estaciones y túneles de metro en las grandes ciudades que han acabado en derrumbes, socavones etc. nos da buena muestra del criterio del mínimo coste. El amianto era muy económico, a la par de cancerígeno; pero esto último lo ocultó muy bien durante años la burguesía en pos del criterio del mínimo coste.
El capitalismo no está interesado en el mantenimiento de las construcciones ya realizadas, sino en la reconstrucción que sigue a los desastres y catástrofes: “La base del análisis económico marxista es la distinción entre trabajo muerto y trabajo vivo. Nosotros definimos el capitalismo no como titularidad sobre los cúmulos de trabajo pasado cristalizado, sino como derecho a la sustracción del trabajo vivo y activo. He aquí por qué la economía actual no puede conducir a una buena solución que realice, con el mínimo esfuerzo del actual trabajo, la conservación racional de todo lo que nos ha transmitido el trabajo pasado, y las mejores bases para el efecto del trabajo futuro. A la economía burguesa le interesa el frenesí del trabajo moderno, y la misma favorece la destrucción de masas todavía útiles del trabajo pasado, riéndose de los que vengan.” (Homicidio de los Muertos, Battaglia Comunista, nº24, 1951).
La potencialidad revolucionaria
Evitar el proceso de concentración urbana en el capitalismo, no sólo choca impotentemente con las leyes de la acumulación, sino que representa una ilusión reaccionaria. “La solución reside únicamente en la abolición del modo de producción capitalista, en la apropiación por la clase obrera misma de todos los medios de subsistencia y de trabajo.” (Contribución al problema de la vivienda, Engels, 1872). Y es tarea de estas masas proletarias previamente amontonadas en las grandes ciudades para conveniencia del capital, desmantelarlas después como parte del proceso revolucionario anticapitalista: “Es precisamente la gran industria moderna la que ha hecho del trabajador encadenado a la tierra un proletario proscrito, absolutamente desposeído y liberado de todas las cadenas tradicionales; es precisamente esta revolución económica la que ha creado las únicas condiciones bajo las cuales puede ser abolida la explotación de la clase obrera en su última forma: la producción capitalista.” (Contribución al problema de la vivienda, Engels, 1872).
El capitalismo ha sentado además las otras bases materiales para superar tanto la aglomeración urbana como la productiva: “Con los inventos y el aumento enorme de la productividad del trabajo, la coordinación de muchos trabajadores permanece, pero ya no tiene razón de ser el hacinamiento bestial codo con codo. (…) Las modernísimas formas de producción, que utilizan redes de estaciones de todo tipo, como las centrales hidroeléctricas, las comunicaciones, la radio, la televisión, dan cada vez más una disciplina operativa única a los trabajadores repartidos en pequeños grupos a lo largo de enormes distancias.
El trabajo combinado permanece, en tejidos cada vez más grandes y maravillosos, y la producción autónoma desaparece cada vez más. Pero la densidad tecnológica antes mencionada disminuye sin cesar. La aglomeración urbana y productiva permanece, por lo tanto, no por razones dependientes del óptimo de la producción, sino por la persistencia de la economía del beneficio y la dictadura social del capital.” (Espacio contra cemento, Il Programma Comunista, 1953).
La superación de la contradicción entre la ciudad y el campo está grabada como punto cardinal en el programa comunista integral, cuyo desarrollo deberá ser iniciado como medida inmediata por el proletariado revolucionario deteniendo la construcción y reduciendo drásticamente el tráfico después del derrocamiento del Estado burgués: horizontalismo contra verticalismo; oxígeno comunista contra cloaca capitalista; espacio contra cemento. “Cuando sea posible, tras haber aplastado por la fuerza esa dictadura cada día más obscena, subordinar toda solución y todo plan a la mejora de las condiciones del trabajo vivo, transformando para tal fin lo que es el trabajo muerto, el capital constante, la infraestructura que la especie humana ha aportado a lo largo de los siglos, y sigue aportando, a la corteza terrestre, entonces el verticalismo bruto de los monstruos de hormigón será objeto de burla y suprimido, y gracias a las inmensas extensiones horizontales de espacio, una vez desalojadas las ciudades gigantescas, la fuerza y la inteligencia del animal hombre tenderán progresivamente a uniformar en las tierras habitables la densidad de la vida y la densidad del trabajo, convertidas ya en fuerzas concordantes y no, como en la deforme civilización actual, en feroces enemigas, y mantenidas unidas únicamente por el espectro de la servidumbre y el hambre.” (Espacio contra cemento, Il Programma Comunista, 1953).
PARTIDO COMUNISTA INTERNACIONAL – “EL COMUNISTA” – “PER IL COMUNISMO” – “THE INTERNACIONALIST PROLETARIAN”
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