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SIGUIENDO EL HILO DEL TIEMPO

XXVI

LA INFLACIÓN DEL ESTADO

(Battaglia Comunista, nº38 del 5-12 de octubre de 1949)

Traducido por Partido Comunista Internacional

“El Comunista” / “Per il Comunismo” / “The Internationalist Proletarian”

www.pcielcomunista.org

 

 

AYER

Una conquista tan clara y sólida en el campo teórico y político como la sistematización de la cuestión del Estado en Marx, Engels y Lenin – tal que en la primera posguerra parecía que el movimiento comunista revolucionario debiera trabajar sobre las cuestiones de organización y de táctica, pero nunca más sobre cuestiones de programa – está seriamente comprometida cuando se puede permitir llamarse exponente de partidos marxistas y leninistas a quien plantea y propone en el campo nacional un entendimiento programático con los partidos burgueses en el plano de la “constitución”; en el plano internacional una colaboración histórica y social entre estados “proletarios” y estados capitalistas.

Nuestros textos de base hacen ante todo justicia de la visión del Estado propia de las concepciones teocráticas y autoritarias, y de aquella propia de los puntos de vista inmanentistas democrático-burgueses.

Ambos sistemas ponen como hito de toda la carrera del pensamiento y de la historia la edificación del Estado perfecto y eterno.

En el antiguo Testamento el cual es todavía dogmáticamente aceptado por las iglesias predominantes en gran parte del mundo avanzado, el mismo Padre Eterno se moviliza para dictar a Moisés una verdadera y propia Constitución para el pueblo elegido con todos sus detalles. En la organicidad del sistema iglesia, justicia, estado y ejército forman un todo, incluso se traza la estadística y la división administrativa del territorio geográficamente definido, y las normas para pasar a cuchillo a los viejos ocupantes si no tienen intención de evacuarlo. Vendrá entonces el cristianismo a extender los confines del pueblo elegido a toda la humanidad, a distinguir la ciudad de Dios de la ciudad de César, la jerarquía sacerdotal de la militar, pero guardándose bien de renegar las normas de autoridad de dominación y de exterminio del primero y máximo de los profetas.

En los nuevos sistemas del moderno crítico pensamiento burgués el dogma y la autoridad por revelación son sacudidos, pero entre tantos mitos el del Estado permanece intacto y todavía más obsesionante. De Lutero a Hegel, a Hobbes, a Robespierre, se levantan las definiciones del nuevo Leviatán, que Marx, Engels, Lenin, vendrán a ridiculizar, descarnar y demoler: “realidad de la idea moral” – “imagen y realidad de la razón” – “realización de la idea”, frases que Lenin equipara a la de “Reino de Dios en la tierra” en los reiterados ataques violentos a la innoble “superstición del Estado”.

“El Estado es un producto de la Sociedad en una cierta fase de su desarrollo” (Engels). El Estado aparece cuando la sociedad se divide en clases económicamente antagonistas, cuando aparece la lucha de clases. El Estado “es la máquina para la opresión de una clase sobre otra” (Marx).

En todos los países capitalistas, en cualquier parte del mundo y en cualquier periodo de su historia, no pudiendo haber capitalismo sin lucha de clase, esta máquina está presente, y tiene la misma función de ejercitar la “dictadura de la burguesía” (Lenin) tanto con la monarquía como en la más democrática de las Repúblicas (Marx).

Decimos una vez más que en nuestra construcción el Estado de la burguesía capitalista no es la última máquina estatal de la historia (como demuestran pensar los anarquistas). La clase obrera no puede “utilizarla” (como sostienen todos los reformistas y oportunistas), debe ”romperla”, y debe construir un nuevo Estado en la dictadura revolucionaria del proletariado.

Este Estado obrero, dialécticamente opuesto al Estado capitalista, irá, en el curso de la construcción de la economía comunista, disolviéndose, desinflándose, marchitándose, hasta desaparecer.

Volvamos ahora al proceso histórico de desarrollo del presente, concreto Estado capitalista para ver su curso histórico, en espera de que se consume según la visión marxista su hundimiento, y a continuación también el hundimiento del Estado sin adjetivos.

El Estado capitalista, bajo nuestros ojos de generación lacerada por tres paces burguesas a caballo de dos guerras universales imperialistas, espantosamente se hincha, asume las proporciones del Moloch devorador de inmoladas víctimas, del Leviatán con el vientre hinchado de tesoros triturando miles de millones de seres vivos. Si realmente se pudiera, como en las ejercitaciones de la filosófica especulación, personalizar al Individuo, la Sociedad, la Humanidad, todo el horizonte de los sueños de estos seres inocentes estaría cubierto por la Pesadilla estatalista.

De este Monstruo pavoroso nosotros (que a nuestro Estado revolucionario le prevemos la disolución gradual, l’Aufloesung) de tempestad en tempestad esperamos en su lugar la Sprengung calculada por Marx, la pavorosa, pero luminosa Explosión.

Nuestra reivindicación no es por lo tanto la de pedirle refinarse, adelgazarse y restituir una “línea” humana, sino la de acelerar, bajo la presión de sus leyes internas inexorables, y de nuestro odio de clase, su horrible hinchazón.

La inflación del Estado tiene en el modernísimo mundo dos direcciones, la social y la geográfica, territorial. Están íntimamente conectadas. La segunda es fundamental. Estado y territorio han nacido juntos. Engels en el Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado dice de hecho: El Estado en primer lugar se distingue frente a la antigua organización de la gens de la tribu o del clan, por la distribución de la población según el territorio.

Esto vale para el Estado antiguo, para el feudal, para el moderno. Si Moisés dictatorialmente dio a cada una de las doce tribus una precisa y limitada provincia de la prometida tierra de Israel, si Papas y Emperadores invistieron a los Señores medievales de Tierra y Vasallos, los modernos civilizados y democráticos Estados de hoy reparten entre los territorios masas de población como rebaños de bestias de trabajo, manejan como stocks de mercancías multitud de prisioneros de guerra, de internados políticos, de prófugos de las invasiones, de refugiados sin tierra, de proletarios emigrados; la Túnica de la Libertad por la que queman incienso está ahora tejida con alambre de púas.

En cuanto a la extensión del territorio, el mundo antiguo nos presenta pequeñas unidades estatales reducidas a la ciudad y grandes Imperios derivados de las conquistas militares, el Medioevo nos muestra pequeñas Comunas autónomas y grandes complejos estatales. El mundo capitalista ofrece, en su lugar, la concentración decisiva e ininterrumpida en extensiones inmensas de las unidades estatales, y la dominación cada vez más total de las grandes sobre las pequeñas.

Este proceso es del todo paralelo al aumento de injerencia de la máquina estatal en todas las fases de la vida de la población a la que domina, al difundirse de tal influencia desde el campo político, policial, jurídico, cada vez más explícitamente y sofocantemente al de lo social, económico y físico.

Ya en el Estado y la Revolución (Cap. II Par.2) Lenin da de tal proceso interno un decisivo análisis referido a todos los países de Europa y de América, y sobre todo a los más parlamentarios y republicanos. “Y, en particular, el imperialismo, la época del capital bancario, la época de los gigantescos monopolios capitalistas, (…) patentiza un fortalecimiento extraordinario de la “máquina estatal”, un desarrollo inaudito de su aparato burocrático y militar con motivo de haber aumentado las represalias contra el proletariado, tanto en los países monárquicos como en los países republicanos más libres.” Palabras escritas en 1917.

La sustancial mentira de la construcción jurídica y política propia de la dominante burguesía no se puede poner mejor en evidencia que recordando la presentación de las dos guerras mundiales como luchas por las reivindicaciones de autonomía y de libertad de los individuos, de grupos étnicos y nacionales, de pequeños estados en su soberanía ilimitada. Se ha tratado en cambio de etapas gigantescas y sanguinarias en la concentración del poder estatal y de la dominación capitalista.

En la teoría del derecho burgués como son seguras para el individuo una serie de ilusorias prerrogativas frente al poder público en el pensar, hablar, escribir, asociarse, votar, en cualquier dirección – ¡no en el comer! ¡El hambriento podría escoger el de la mesa donde se sienta el cuerpo desinteresado de los Solones! – así se afirma que, dentro de los propios confines territoriales, sean estos de diez o diez mil quilómetros, cada Estado es soberano y puede administrarse como quiere.

Pero ya en el cuadro rosa y nácar de finales del siglo XIX se distinguía entre Grandes y Pequeñas Potencias. Dejando estar América que “no hacía política exterior” en Europa había seis, Inglaterra espléndidamente sola, Rusia y Francia en la doble Alianza, Alemania, Austria-Hungría e Italia en la Triple. En Oriente crecía la fuerza de Japón aspirante a controlar Asia, como ya la falsa malthusiana América del Norte difundía su hegemonía sobre la del Centro Sur. Paso a paso, ya la historia había reducido al rango de ex-potencias a Suecia, España, Portugal, Holanda, Turquía…

A juzgar por las palabrerías, estalló la guerra no ya porqué los más fuertes Estados capitalistas tuvieran hambre de más vastos imperios y mercados, sino porque la soberanía de un pequeño libre estado, Serbia, había sido ofendida por la arrogancia del despótico imperio de Viena.

La derrota de los alemanes eliminó dos potencias mundiales y la revolución rusa puso fuera de combate a una tercera al concertar la paz. La mentira liberal proclamó a los cuatro vientos la autodecisión de las pequeñas nacionalidades y la liberación de las gentes oprimidas. Los cinco grandes estados militares vencedores permitieron el nacimiento, en apariencia, de pequeñas potencias nuevas, más o menos históricas, en la vieja Europa, no renunciando sin embargo ni a un quilómetro cuadrado de su propio imperio sobre gentes de la más variada lengua y color. Polonia, Checoslovaquia, Croacia y Eslovenia (unidas a Serbia), Albania, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania fueron constituidas en Estados “soberanos”.

De hecho, toda esta pléyade de pequeños estados, junto a los tradicionales, por los motivos y los caracteres de la moderna organización productiva y mercantil mundial, no sirvieron más que para formar constelaciones de satélites para la hegemonía que intentaban hacer surgir. Francia e Inglaterra hicieron en este campo sus pruebas dividiéndose en esferas de influencia la Europa centro-oriental, de acuerdo sin embargo en los ataques a la Rusia proletaria del momento; la misma Italia bajó a ese campo con el éxito conocido, mientras los Estados Unidos en el Oeste y Japón en el Este seguían extendiendo los límites visibles e invisibles de la propia dominación.

 

HOY

En la vigilia de la segunda guerra general estaba ya claro, sea por la ulterior evolución monopolística del gran capitalismo, sea por la de la técnica militar que cada vez más requería masas de medios económicos formidables, que todo Estado que tuviera pocos millones de habitantes no podía ejercitar ninguna autonomía diplomática o militar y debía ponerse en la órbita y en la sujeción de uno más grande. Resurgía mientras tanto Alemania y siguiendo la ley histórica general – no inventándola como se hacía creer a los estúpidos – reabsorbía los trozos que quedaban del disuelto Imperio Austro-Húngaro (que, sea dicho entre paréntesis, si tenía la peor literatura tenía sin embargo la mejor, más seria y más honesta administración contemporánea). Rusia desarrollando un ciclo histórico del máximo interés que partió de la reivindicación de las autonomías nacionales en el seno de la lucha entre viejo y nuevo régimen, se organizaba a su vez en un potente complejo unitario estatal.

Fue así evidente que en el nuevo juego diplomático y militar habrían contado solamente las grandes bestias estatales, las cuales sólo podían dar cuenta de sus fuerzas apreciables en la guerra sobre todo de los mares y del aire, larga, tediosa, cara de preparar, que requiere además de inmensos capitales, grandes distancias geográficas entre las bases y las fronteras políticas. Saben algo de ello los países con población densa, esto es que tienen también, con mucha población y probablemente riqueza, relativa poca extensión. También entre las “grandes potencias” de ayer, Alemania, Inglaterra, Francia, Italia, Japón, con distinto éxito político, han tenido que sufrir tremendas palizas militares.

También esta guerra de más feroz dominación y concentración de poder destructivo fue presentada como reivindicación de libertad y soberanía ofendidas por los prepotentes en los “pequeños” de la historia. Se empezó para impedir que Hitler sometiera a la libre Polonia, fresca todavía de la recomposición con el pegamento democrático de los tres históricos trozos. Fue inmediatamente rota en dos y dividida entre los dos colosos que la flanqueaban. Desaparecido uno de los dos, vuelve a estar de una pieza al servicio de un solo patrón. La peor suerte para una romántica, generosa, civilizada y libre Nación con la N mayúscula es la de hoy, la “repartición en uno”.

Los Estados verdaderamente supervivientes son aquellos que han vencido en la carrera sin freno de la Inflación territorial. Se empezó muy pronto, incluso sin renunciar a la cuotidiana letanía de la libertad, a hablar de Grandes. ¿Fueron Tres, Cuatro, Dos o Cinco? Importa poco. Eran al menos ocho al comienzo de la guerra.

Los verdaderos Grandes son aquellos que en la vastedad de su propio territorio y a la numerosa población (para el efecto de estos datos hay que seguir a China si verdaderamente surgiera allí un gran estado de tipo capitalista moderno a pesar del profundo hibridismo social) añaden una vasta constelación de Satélites, dejándolos juguetear con la ficción de Soberanía, mientras su personal dirigente está cada vez más intoxicado, corrupto y comprado en las casas de té y de cocaína que son las grandes conferencias y consejos políticos internacionales.

Caída la Italia en el estiércol satelital[1] más vil, Gran Bretaña y Francia verán si contentarse con el puesto de primer Lord y primera Lady en la Constelación Americana. Queda de la otra parte la Constelación rusa, luchando con algún planetito indisciplinado que querría saltar fuera de la atracción primitiva.

Los Grandes Monstruos se reducen así a dos en esencia. ¿Irán hacia la unificación con el medio de la Paz o con el de la Guerra? Será en ambos casos tremendo. Pero será igualmente tremendo que por tercera vez, después de haber cada uno devorado a medias las grandes y pequeñas especies zoológicas del mapa político de la tierra, se agredirán recíprocamente acusándose de querer devorar la sacra libertad del último ratoncito.

 

[1] N.d.T “Satellitame” en italiano, mezclando los conceptos de satélite y “letame” (estiércol).

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