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SIGUIENDO EL HILO DEL TIEMPO

XXV

MARXISMO Y MISERIA

(Battaglia Comunista, nº 37 del 28 de septiembre al 5 de octubre 1949)

Partido Comunista Internacional

“El Comunista” / “Per il Comunismo” / “The Internationalist Proletarian”

www.pcielcomunista.org

 


AYER

Durante largos decenios de capitalismo "idílico", las relaciones de cambio de las monedas de los distintos estados del mundo se mantuvieron estables y las oscilaciones se registraban por décimas. Era el mismo periodo en que con ríos de tinta se afirmó fracasada la "catastrófica” visión de Marx sobre la miseria creciente, las crisis galopantes y el hundimiento revolucionario del sistema económico burgués, y se quiso sustituir con una concepción evolucionista de lenta transformación de la estructura económica con reformas progresivas tendentes a mejorar el tenor de vida de las masas…

Algunos juegos en la bolsa lo permitían, las divisas de los estados insuficientemente burgueses del vecino y lejano oriente, los títulos de renta turca y embrollos similares: la historia de la economía capitalista no ha carecido en ningún periodo de trampas a gran escala. De cualquier modo, era cosa segura como la trinidad de dios que la libra esterlina valiese cinco dólares y el dólar cinco francos o liras de la zona latina. Aunque a decir de los sabios, infectada de feudalismo, la Italia feliz de los primeros años del reinado de Vittorio el victorioso, la cotización de la lira de papel era algunos días de 99,50, 99,0 o quizás 98 y fracción. O sea, se obtenía por una lira de papel más de una lira-oro, un gramo de oro valía menos de 3,60 liras; mientras los títulos de estado valían más de cien liras nominales.

  La guerra de 1914 fue la que determinó un terremoto en las visiones evolucionistas y pacifistas, que tuvo también el aspecto de terremoto monetario. En los países derrotados, el valor de la moneda se hundió de modo, este sí, progresivo. Italia, país vencedor, debió contentarse con ver caer la lira de papel desde un quinto a un diecinueveavo de dólar, desde un veinticincoavo a un noventavo de libra, de un poco más de una lira-oro a menos de un quinto, lo que recuerda, sin continuar con los números, que una cierta caída la tuvieron incluso la esterlina y el dólar, entre ellos y respecto al oro.

Desde las necedades reformistas se intentó pasar a la acción revolucionaria, pero en Italia acabó con la estabilización del poder y de la moneda burguesa.

En los países vencidos, por el contrario, se tuvo la tragedia de la inflación y marcos, florines y rublos cayeron al precipicio hasta milésimas y millonésimas del valor inicial; en Viena y Berlín se iba a hacer la compra con maletitas de billetes de banco, y en Moscú se confundía bromeando entre millón y limón, palabras que se dicen en ruso a la latina. Sin embargo, no se confundió entre emplastos reformistas y revolución, y aristócratas, capitalistas, jefes políticos populares y progresivos tuvieron noticias de ello. Viena, Budapest, Munich y Berlín estaban más al alcance de la mano de los poderes capitalistas con moneda revaluada, los jefes locales progresivos estaban a las órdenes y con las ayudas más directas del engranaje internacional postbélico, instituido bajo los auspicios del dólar por la alianza de las naciones y la autodecisión de los pueblos, y las insurrecciones del proletariado para lanzar la barraca del poder político en el mismo abismo en el que se habla hundido la moneda burguesa, pudieron ser ahogadas democráticamente en sangre.

Contra el proletariado ruso vencedor, no quedaba más que el ataque militar directo, que los años gloriosos de la revolución truncaron. La Central mundial intentada en Ginebra en su primera edición, llevaba a cabo la defensa del orden capitalista internacional sólo en el plano diplomático, político y militar, no respondía aún a una planificación general de las fuerzas económicas. La Rusia de Lenin, no tomada por la fuerza, permaneció en el estrecho y frío asedio de las economías monetarias mercantiles, se deslizó inevitablemente por la vía del comercio interno privado, de la producción para el mercado, de la coexistencia con las economías capitalistas, se dio una moneda estable y la cotizó según los cambios mundiales, retrocedió inexorablemente, desde la revolución degeneró al progresismo.

¿Nuestro "catastrofismo” marxista, caricaturizado por los adversarios, había tenido razón o había errado? Han pasado varios decenios, que ciertamente nadie podrá definir como pacíficos e idílicos, sin embargo, el monstruo capitalista todavía está en pie.

En la polémica sobre el "terremoto” monetario de hoy, cuya ruidosa presentación forma parte de la indecente contradanza de las opuestas y cómplices propagandas mundiales, dan muestras de agotamiento los continuos golpes de bombo de guerra y de paz, la bufonada de los sismógrafos oscilantes a golpes de pulgar que producen explosiones atómicas a la hora del “lunch” y hundimientos de monedas a la del "five o’clock”. En esta polémica, uno de tantos burgueses que ciegamente le hacen el juego a los franco-tiradores de opereta del estalinismo, el liberal Guido Cortese, cita una carta de Marx a Engels de 1855. Nos gustaría volver a traducir, aún sin tener a mano el texto auténtico, en el lenguaje original de nuestra escuela, pero dejamos como está el color de la adjetivación: "Acabo de recibir tu carta que descubre gustosas perspectivas en la crisis de los negocios... Las cosas van maravillosamente bien. En Francia habrá un crack, formidable... (los puntos suspensivos son siempre del cortés traductor). Espero que las grandes desgracias de Crimea hagan que se desborde el vaso. La crisis americana de la que hemos predicho su explosión es magnífica, sus repercusiones sobre la industria francesa han sido inmediatas. La miseria ya ha golpeado al proletariado; sin embargo, por el momento no existen aún síntomas revolucionarios: el largo periodo de prosperidad ha desmoralizado terriblemente a las masas. Hasta ahora los desocupados que se encuentran por las calles van mendigando. Las agresiones aumentan, pero con ritmo demasiado lento".

Nos interesan un bledo los exorcismos del folleto liberal sobre estas truculentas – para éste – perspectivas, que asimila – no comprendiendo estar efectivamente polemizando au dessous de tout – a las agitadas por el periódico L’Unitá[1] y según éste siempre soñadas por los marxistas.

El sentido del marxismo lo han entendido tan bien los cortese como los scoccimarro[2] de turno. La lucha de Marx no es contra la miseria y por la riqueza del trabajador, equilibrio a reestablecer con los asaltos a mano armada por la calle a los panzones burgueses. La miseria del obrero no es el bajo nivel del salario y el alto nivel del coste de los géneros de consumo. La victoria del capitalista en la lucha de clase no es la reducción, la caída del tenor real del salario, que indiscutiblemente se eleva en la historia en sentido general, a caballo de los periodos progresivos, pacíficos, guerreros e imperialistas. Miseria en nuestro diccionario económico marxista no significa “baja remuneración del tiempo de trabajo". Se entiende que si el capitalismo monopoliza fuerzas productivas tales – robadas al esfuerzo de todos – como para tener el mismo producto con diez veces menos obreros, puede jactarse alegremente de haber doblado los salarios. El plusvalor relativo y absoluto ha crecido enormemente y crece la acumulación en masa; pero de esto hablaremos en su lugar. Miseria significa por el contrario "ninguna disponibilidad de reservas económicas destinables al consumo en caso de emergencia”.

La difusión "progresiva" entre las poblaciones de tales condiciones, es la característica histórica fundamental de la época capitalista. En la época preburguesa, el artesano, el campesino y el mismo siervo de la gleba no estaban en estado de pauperismo, incluso aquellos con un tenor de vida más bajo. Aún menos lo estaban los que componían los estratos intermedios, pequeños propietarios, pequeños mercaderes, médicos, funcionarios, etc. El ahorro no había sido inventado, y es menos fácil reducirlos al billete verde[3]. Buena parte de la moneda todavía era de oro y plata. Con su acumulación primitiva, el capitalismo vacía las carteras, las casas, los campos y los negocios de todos estos, y en número cada vez mayor los convierte en pauperes, en miserables, en sin reservas, en desposeídos, los reduce a ser ”esclavos asalariados” en el sentido de Marx. Crece la miseria y se concentra la riqueza, porque crece desmesuradamente el número absoluto y relativo de los proletarios desposeídos, que deben comer cada día lo que han ganado ese día. Nada muta en el fenómeno económico si cada día el salario de algunos proletarios, en profesiones dadas, en algunos países, permite la tajada de carne y el cine, y, ventura suprema, la suscripción a L’Unità.

El proletariado no es más mísero si cae el salario, como no es más rico si este aumenta y bajan los precios. No es más rico cuando está ocupado que cuando está parado. Es mísero en sentido absoluto cualquiera que ha entrado a formar parte de la clase asalariada (esto no excluye el caso individual de que cualquiera pueda salir, especialmente si las guerras y las invasiones democráticas le dan la ventura de llegar a ser pícaro y alcahuete). No hay relativismo, no hay progresismo que aquí importe. Quien ha leído la primera página de Marx y no ha retenido esto, puede desaparecer sin provocar daño social. El régimen del asalariado es aquel en el que quien trabaja no acumula, y acumula quien no trabaja. No por casualidad dice el Manifiesto describiendo las crisis: el salario deviene cada vez más incierto, más precaria la condición de vida del obrero. Compensación incierta, no tanto baja; condición precaria, no tanto modesta. A la segunda versión pueden ponerle remedio abrazados el liberalismo de los Cortese y las reformas de estructura de la dirección del PC italiano (si estuviésemos en un país menos necio); a la primera de la miseria, incertidumbre y precariedad en el sentido marxista, se opone una sola cosa, la Revolución. El capitalismo no puede vivir sin crecer, sin expropiar a pequeños propietarios y aumentar el número de proletarios, del gran ejército social que, a su vez, no puede progresar haciendo retroceder paso a paso al enemigo, y puede poner su expectativa en un solo éxito, el de destruirlo, sur place[4].

HOY

En la entreguerra, la burguesía, que "no puede existir sin revolucionar continuamente los modos y las relaciones de producción y todo el conjunto de las relaciones sociales" ha – ella sí – progresado, ha estudiado y aprendido. A escala nacional, los cursos de los profesores Mussolini y Hitler, a los que las hogueras no les han quitado la cualidad de precursores, les han enseñado irrevocablemente que el poder estatal a su servicio no solamente es un utensilio de policía e instrumento político de dominio y de corrupción de los dirigentes proletarios en los parlamentos o en las jerarquías, sino que debe llegar a ser máquina de regulación económica de la producción, de la distribución y last but not least del instrumento monetario.

La nueva Central capitalista mundial ha surgido por tanto mucho más precavida que en Versalles y en Ginebra, con comadronas menos primitivas que aquel maloliente Woodrow Wilson. Los mandamientos del nuevo testamento burgués son muchos y graves, entre ellos; tú no dejarás de ocupar militarmente el país vencido; tú fusilarás a tus colegas jefes reos de haber perdido, y no dejarás su desestabilización a la autodecisión de sus súbditos; tú no dejarás hundirse las monedas en el país ocupado, sino que lo engañarás aún más enviándoles papel moneda sin valor estampada por ti; tú no dejarás que vaya a la deriva la moneda de los aliados menores sino que controlarás sus cuotas...

Con estos y otros pilares básicos, la nueva Central, ya sea la ONU, ECA, ERP, etc., funciona como una compañía de seguros suprema contra el peligro de la Revolución, y con tal finalidad trata de planificar en todas partes los índices de producción, de consumo, de salario y de ganancia.

Las espantosas inflaciones de la otra postguerra pusieron al desnudo la “precariedad” económica denunciada por el marxismo en la economía capitalista de los momentos estables y dieron la sensación de una tal precariedad a los estratos sociales intermedios, que desde una falsa ilusión de comodidad cayeron en la indigencia.

Se verificaron punto por punto los hechos que los progresivos de hoy quieren conjurar, como las peticiones expuestas en la moción del P. C. Italiano con mayor lucidez que en los catecismos de los Marshalls o de los Cripps. Cotización baja de la moneda porque, si no, el país es golpeado por el dumping monetario (léase: los industriales que producen para la exportación, obtienen de las ventas de sus productos en el extranjero demasiadas pocas liras y les queda poco margen de beneficio; devaluemos la lira y un coche con los mismos costes dejará, vendido a mil dólares, 700.000 liras y no 600.000), pero cotización oficialmente estable como en el discurso de Pesaro, así los precios no suben demasiado y la expoliación de los estratos intermedios se frena, por tanto una política de la productividad y el ahorro, o sea política nacional – ¡qué diablos – ya que la inflación ilimitada promovería el desbarajuste general. Y por consiguiente programa de inversiones (desde luego ésta sí que es buena) y de "reformas de estructura”.

iTodo lo contrario que el dar a entender – para evitar que cualquier salado medio burgués se dirija a la filiación estalinista por la noticia de que exista una Atomgrad —que Togliatti prepara en Italia el terremoto!

Igual que la marcha sobre Roma fue una revolución-comedia, también el terremoto de hoy por la devaluación de la libra esterlina es una hábil maniobra de ordenación y no un signo de catástrofe para el capitalismo inglés, bien encubierto por el poder laborista, es un terremoto—burlilla, estudiado, planificado y preparado desde hace tiempo sobre la vía de un medio monetario único, fijo y estable en todo mundo, primerísima trinchera de la contrarrevolución, a la que sólo le falta la convención dólar-rublo.

iEste terremoto anunciaría la revolución hecha por aquellos extremistas que, digna pareja de nuestras camisas negras, están constituidos por los tenedores de cuentas corrientes en libras esterlinas!

Esperad para hacer bailar a vuestros sismógrafos económicos cuando se sienta venir el terremoto del subsuelo social de los sin cuentas corrientes y sin dinero.

Pasaréis un cuarto de hora peor que hoy, que "las agresiones aumentan, pero con ritmo demasiado lento". Marx no es el rey travicello[5] del que os quejáis.

[1] N.d.T. L’Unità era el periódico del Partido Comunista de Italia, dirigido por el estalinismo y que había abandonado la perspectiva revolucionaria del marxismo.

[2] N.d.T. Cortese fue un político liberal y Scoccimarro un político estalinista, ambos italianos.

[3] N.d.T Se refiere al dólar.

[4] N.d.T. en francés, en el lugar.

[5] N.d.T. Título de una obra de sátira escrita en 1841 por G. Giusti. Se utiliza, en sentido despreciativo, para indicar una persona que ocupa una posición importante o cargo oficial, pero que no tiene autoridad o capacidad suficientes para ejercer su poder. Se refiere a Togliatti.

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