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SIGUIENDO EL HILO DEL TIEMPO

XXII

MARXISMO Y PERSONA HUMANA

(Battaglia Comunista, nº 34, del 6 al 13 de septiembre de 1949)

Traducido por Partido Comunista Internacional

“El Comunista” / “Per il Comunismo” / “The Internationalist Proletarian”

www.pcielcomunista.org

 

 

 

AYER

Desde los primeros trazos del método socialista en el sentido de Marx, muy claros desde dicho siglito, simplemente se debería sonreír cuando se escucha referir los problemas de la lucha social y del desarrollo histórico, las cuestiones de la economía general y del contraste político, al desarrollo de las conquistas para la liberación de la «Persona humana». Pero la prensa, y no sólo la que se coloca en posiciones decididamente antimarxistas, y la propaganda desde todos los frentes, llaman continuamente a la pasarela a aquéllas, a la más tonta entre todas las mises y las reinecillas que «tienen gancho» para las tontorronas publicaciones actuales de gran éxito.

En la lapidaria parte polémica del Manifiesto de los Comunistas sobre las objeciones burguesas al comunismo esta cuestión aparece desentrañada para siempre. Es una verdadera lástima que la síntesis magistral esté conscientemente partida por períodos como estos: las acusaciones lanzadas generalmente contra el comunismo bajo aspectos religiosos, filosóficos e ideológicos no merecen un profundo examen. Y más adelante: ¡Pero dejemos las objeciones de la burguesía contra el comunismo! y el texto se lanza sobre el tema central sin transiciones, al primer paso de la revolución comunista que es la constitución en clase dominante por parte del proletariado.

Si este segundo punto injertado directamente en la acción ha tenido necesidad de violentas batallas para ser defendido del oscurantismo de los socialtraidores, no menos las ha tenido y las necesita el primero, más teórico; y de aquellas dos o tres páginas se podría hacer un desarrollo orgánico, que admitiendo contradictoriamente a las cien escuelas enemigas nuestras vuelva a exponer las aportaciones del marxismo y de los marxistas extrayéndolas de la historia viva de la lucha y de la polémica revolucionaria, de los escritos de Marx, Engels, Lenin, Trotski y de tantos otros menores, igualmente bien encuadrados de todas las épocas y de todos los países.

O debe creerse verdaderamente que el abuelo Marx pecó de optimismo y no creyó que la historia le habría dado, después de él, todavía tanto palique a los asnos, a los puercos y a los vendidos; o debe reflexionarse que hace un siglo aún no eran posibles para conseguir dinero para la prensa amiga los festivales tristemente imitados de los de los burgueses, con vestidos rojos apretados y borracheras con alcohol desnaturalizado.

De la breve síntesis de la reivindicación económica anticapitalista y antipropietaria, el Manifiesto pasa a las cuestiones sobre la libertad y la personalidad con pasajes ahora ya más sólidos que los versículos del evangelio, y que deberían estar superdigeridos. En la sociedad burguesa el capital es independiente y tiene personalidad, mientras que el individuo que trabaja es dependiente e impersonal. El problema es que a cada paso haría falta un paréntesis. Un poco más arriba se dice textualmente: el capital... es el resultado de la actividad conjunta de muchos... El capital no es, pues, una fuerza personal; es una fuerza social. No hay contradicción. Etimológicamente capital viene de caput, cabeza. En el orden actual el capital lo encabeza un individuo, porque el orden presente se funda en la apropiación personal de los esfuerzos comunes. En cuanto a su generación el capital es colectivo y cualquier «persona humana» no acumularía ella sola ni un gramo, pero en cuanto a disponer de él, a su explotación y disfrute eso es personal. En esto radica, descansa el régimen de clase que nosotros, defensores del Manifiesto, queremos subvertir.

Leamos los versículos sucesivos. «¡La burguesía dice que la abolición de semejante estado de cosas es abolición de la personalidad y de la libertad! Y con razón. Pues se trata efectivamente de abolir la personalidad burguesa, la independencia burguesa y la libertad burguesa». Pero con infinita amargura se estima que desde hace un siglo los dirigentes marxistas han encontrado quizás pocos días para trabajar por esta abolición, mientras que en todo el resto de su tiempo se han lanzado en defensa de supuestos peligros para la pestilente personalidad, independencia y libertad burguesa.

No podemos glosar aquí todo el texto, que por otra parte supera a todos sus glosadores, y para estas consideraciones incluso uno de los buenos, Antonio Labriola.

Avancemos algunos inicios de párrafo. «Según vosotros, desde el momento en que el trabajo no puede ser transformado en capital, en dinero, en renta de la tierra (...) ¡desde el instante en que la propiedad personal no puede transformarse en propiedad burguesa, desde ese instante la personalidad queda suprimida! Reconocéis, pues, que por personalidad no entendéis sino al burgués, al propietario burgués. Y esta personalidad ciertamente debe ser abolida». Tras los pasajes sobre la familia, sobre la patria y sobre la educación, el texto subraya las objeciones basadas en las cuestiones «espirituales». Se encuentran estos teoremas decisivos, tan pisoteados: «La libertad de conciencia y de religión no fueron más que el reflejo de la libre concurrencia económica en el dominio del saber». «Pero el comunismo quiere abolir estas verdades eternas, quiere abolir la religión y la moral, la justicia etc.». «Por consiguiente - (nos permitimos parafrasear en defensa de la claridad y contra los habituales falsificadores) - éstas no son más que formas comunes a todos los tipos de sociedad surgidas y fundadas, todas sobre la explotación de una parte de la sociedad sobre la otra. Todas estas formas tienen que disolverse con la completa desaparición del antagonismo de clase, objetivo de los comunistas».

¡Ahí va!: ¡religión, moral, justicia y libertad, salta por los aires precisamente todo el modernísimo repertorio, las sambas, las rumbas, los boogies a la moda en las que se produce miss Persona!

Las falsificaciones comenzaron cuando aún vivía el autor del Manifiesto. Aún con edad madura, este no dudó en tomar en sus manos la fusta, y aclaró de un modo luminoso las mismas tesis, como desmentido de actores disfrazados según los que Marx habría rectificado gradualmente las posiciones radicales de 1848.

En la muy conocida carta sobre el programa de Gotha, de 1875, verdadera y formidable hecatombe de lugares comunes, de posiciones demagógicas, de sucias falsificaciones del socialismo (desgraciadamente, hoy más que nunca, en circulación) profunda recapitulación programática en pocas páginas de los puntos concernientes a economía, filosofía, política y táctica, a la que Lenin se refirió con los pasajes decisivos sobre el problema del Estado y la naturaleza de la economía comunistas, especialmente sugestiva es la crítica a las reivindicaciones sobre las «bases espirituales y morales del Estado». El cretinismo de este mero titulillo basta para hacernos ver erizados todos los pelos de la enfurecida barba de Marx. A propósito del capítulo precedente sobre la no menos necia «Base liberal del Estado» ya ha convertido en pasto la libertad concedida al estado de Bismarck en lugar de colocarle la soga al cuello (el famoso Volksfreistadt, estado popular libre, reivindicación de la socialdemocracia alemana). De tal página, Lenin ha hecho una mina de verdades históricas; sólo cederemos a la tentación de copiar las palabras: «Las peticiones políticas del programa no contienen nada que no estuviese en la muy conocida letanía democrática: sufragio universal, legislación directa, derechos del hombre, nación armada, etc. Son un puro eco del “partido popular” burgués, “de la Liga por la Paz y la Libertad”». No se necesita más que una sesioncita espiritista y el terrible viejo proseguirá: de la democracia progresiva y popular, de los congresos por la paz, de los otros innumerables trucos demagógicos estalinistas...

Porque la «democracia» estalinista que se enrojece con el uso de la propia fuerza, en cuanto que no es una reivindicación en Occidente sino realización en Oriente, con sus innobles recursos que llegan hasta la constitución de movimientos de acción católica, y sus ostentaciones de tolerancia, merece ser definida con las palabras de este otro pasaje que reventaba las fórmulas hipócritas encerradas en el ámbito de la legalidad prusiana de entonces: ¡«esta especie de democratismo dentro de los límites de lo que está permitido desde el punto de vista de la policía y no está permitido desde el punto de vista de la lógica»!

Volvamos al meollo de la cosa, o sea, a las reivindicaciones morales y espirituales. ¿Educación del pueblo por parte del Estado? Prorrumpe Marx: ¡más bien se deben excluir Iglesia y Gobierno igualmente de toda influencia en la escuela! ¡Es el Estado el que necesita una ruda educación por parte del pueblo! ¡Anarquizante, eh, aquel Marx, al igual que nosotros!

Pero los alumnos incautos se han dejado escapar otra blasfemia y el sobresalto del maestro es todavía más violento: «¡Libertad de conciencia!». Es Marx quien ha puesto la exclamación, como lo introducimos modestamente nosotros a todos estos eslóganes cuando aparecen bajo nuestra vista, desde que comenzamos a balbucear marxismo, y antes de valorar en nuestra pequeñez las «oportunidades ofrecidas por la situación». Se estaba en la época de la lucha de los pensadores liberales burgueses alemanes, o mejor de los santurrones luteranos, contra la influencia en Alemania de la política católica (que se ha visto hasta hoy), campaña similar a las muchas anticlericales en la época de Combes[1] en Francia, en Italia poco después, y similares trastos viejos. Y ahora ¡oh rufianes! Levantaos. «Si, en estos tiempos del Kulturkampf, se quería recordar al liberalismo sus viejas consignas, sólo podía hacerse, naturalmente, de este modo: todo el mundo tiene derecho a satisfacer sus necesidades físicas sin que la policía tenga que meter las narices en ello. Pero el Partido Obrero, aprovechando la ocasión, tenía que haber expresado aquí su convicción de que "la libertad de conciencia" burguesa se limita a tolerar cualquier género de libertad de conciencia religiosa, mientras que él aspira, por el contrario, a liberar la conciencia de todo fantasma religioso».

Engels y Lenin han remachado muchas veces este punto. La religión asunto privado para el estado, era una petición democrática burguesa. Pero la religión como asunto privado para el partido es una enormidad. El partido comunista no puede tolerar en sus filas libertad de conciencia religiosa o filosófica. Y su objetivo es el de arrancar de todas las conciencias las posiciones religiosas y en general de superstición anticlasista.

Más exactamente, la tesis marxista es que la conciencia no es asunto de la persona humana o del sujeto individual, determinado por una masa de impulsos que en su círculo no puede controlar ni apreciar, la conciencia, o mejor, el conocimiento teórico es un asunto colectivo de la clase cuando esta llega al punto de organizarse en partido.

La liberación de las conciencias del montón de viejas supersticiones no es un asunto de educacionismo propagandístico sino sobre todo de fuerza. La violencia no sólo es un agente económico, sino un profesor de filosofía.

No nos es posible dar sitio a otras muchas citas explícitas de Marx, Lenin y otros sobre este argumento.

Hoy

Que los conservadores del presente orden defiendan la masa de tesis morales espirituales que danzan entorno al centro umbilical de la persona, no es ciertamente para extrañarse. Incluso cuando ellos han asimilado como objetivos de clase la experiencia y el material marxista, y valorado en secreto la imponencia de los factores colectivos, se mueven con extrema prudencia sin aflojar jamás el salvavidas reaccionario de la persona.

Expliquémonos con tres ejemplos. En los entresijos del congreso democristiano, don Sturzo se centra sobre «Deberes de conciencia y disciplina de partido». Como siempre una exposición coherente y sensata. Primero dice: este concepto del individualismo, incluso dentro de una organización o de un partido, conducido hasta la invocación de una extraña libertad de conciencia en el interior del partido, yo la repudio porque... (el argumento político prevalece en este ya no militante político) debilita la lucha contra los comunistas... Pero la doctrina no se ataca con la desenvoltura que usan los... marxistas. Y don Sturzo revela: Antes que un problema político hay un problema moral de altísima importancia, el del imperativo de conciencia al que está subordinada no la política, sino toda la vida del hombre sea o no cristiano. Es canon de moral que se actuar contra conciencia... es una culpa... Ningún moralista puede admitir que el hombre puede actuar contra conciencia aunque estuviese equivocado... Y continúa en su análisis que quiere fundar la democracia «en general» sobre la integridad de la persona. Integridad espiritual, qué diablos, no es que se pueda salvar en cuanto «objetores de conciencia» la integridad corporal no yendo a la guerra y cogiendo la comida con las manos donde la enseñan los ojos. Aquí necesitamos a Calosso[2].

Con mucha mayor y poética irresponsabilidad se lanza en el himno a la persona otro escritor, el Missiroli[3], que si no erramos ha profesado socialismo y ateísmo alguna vez. Le escucharemos sin comentarios: Toda la historia de la filosofía moderna es el lento y gradual conocimiento de esta nueva posición alcanzada por el espíritu humano en el Cristianismo, el desarrollo de esta verdad –el centro del hombre ya no está fuera de sí mismo, en la naturaleza, sino en él, en la conciencia– que convierte en sagrada a la persona humana e inaugura todas las libertades.

Que se vayan don Sturzo y Missiroli con Tomas, con Blondel y con Dios, lo que nos fastidia a nosotros es que existan pretendidos marxistas y socialistas convencidos de que la emancipación económica socialista no sea más que una etapa de aquel camino que inauguró la persona humana, asegurándose sucesivamente todas las libertades. Estos han tirado por la borda toda nuestra construcción que coloca en el centro no a la persona o al hombre ni tampoco la humanidad o la sociedad, sino las agrupaciones y las organizaciones de hombres, que son uno de los procesos de la naturaleza entrelazados entre ellos, y ve en aquel camino, no una purificación mística y larga hacia la gracia, sino una serie de rupturas y de choques, e indaga las condiciones y las fuerzas que preparan la formación de un sistema social organizado con características distintas de aquellos que, jactándose de nuevas doctrinas de valoración del espíritu en la persona, han atacado y oprimido, con formas siempre nuevas, a las clases desheredadas.

Tercer ejemplo: Togliatti. Hablando sobre su viaje a Praga, y haciendo la apología de aquel régimen, ha traicionado una vez más a su submarxismo, fuera de todo el contexto y de las acostumbradas enunciaciones de conveniencia y de táctica política que no merece la pena poner de relieve, elogiando la campaña de intensificación (forzada) del esfuerzo productivo, sobre las referencias de trabajadores delegados al congreso, con las palabras: éste era un empuje productivo que deriva de una concepción nueva del trabajo y de la persona humana. Escuchábamos escapar de las palabras de aquellos hombres esta nueva imagen del hombre para quien el trabajo ya no es más una condena, ya no es explotación sino que es la sustancia de su vida.

¿Imágenes, pues, de un nuevo hombre? Los don Sturzo, los Missiroli y los Palmiros de todos los tiempos nos las han ofrecido hasta el infinito. No sabemos qué hacer con ellas, desde hace un siglo hemos tomado otra vía muy distinta. Dejad al hombre como es y cesad de joderlo.

[1] N.d.T.: Émile Combes, presidente del Consejo de Ministros francés de 1902 a 1905 que llevó a cabo una política anticlerical.

[2] N.d.T.: Juan Melcior Calosso, mentor de Juan Bosco.

[3] N.d.T.: Mario Missiroli, periodista y escritor antifascista italiano.

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