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SIGUIENDO EL HILO DEL TIEMPO

XXIII

ANTICLERICALISMO Y SOCIALISMO

(Battaglia Comunista, nº 35 del 14 al 21 septiembre de 1949)

Traducido por Partido Comunista Internacional

“El Comunista” / “Per il Comunismo” / “The Internationalist Proletarian”

www.pcielcomunista.org

 

AYER

Una vez arremangadas las mangas y tras haber pasado por alcohol de 95 grados los antebrazos, metamos pues las manos en el proceso infeccioso más grave del movimiento socialista: el anticlericalismo.

Quizás se pudo pensar en los últimos años del período capitalista pacifico, en la víspera de la primera guerra mundial, que la fractura principal del choque político se hubiese desplazado del trillado plano de la lucha entre clericales y laicos al del choque entre militaristas e internacionalistas, mucho más coherente con nuestro planteamiento de clase.

No ha sido así, en cuanto que, entre las fuerzas y las armas de la clase burguesa dominante en el mundo, tanto el aparato militar como el eclesiástico, todavía tienen un peso formidable. No ha sido así, en cuanto que, entre las desviaciones de la línea marxista proletaria, además de la caída en las sugestiones del patriotismo y de la adhesión a las guerras, también figuran un oportunismo que tolera no sólo confesiones de principios religiosos sino incluso prácticas de culto, y por, oposición, el oportunismo dialécticamente complementario de la alianza con las equívocas corrientes burguesas o pequeño burguesas libre-pensadoras y masónicas.

Pudimos decir que en Italia, cuando se formó el fascismo que éste no era más que una nueva forma del dominio burgués, más coherente con los tiempos modernos, pero no tanto como para hacernos añorar, preferir y desear las otras formas de dominio ya conocidas, y que el verdadero peligro que contenía no era la excomunión y la violación del liberalismo democrático, sino la inevitable nueva sugestión que desgraciadamente las ruinosas doctrinas de éste habrían vuelto a ejercer sobre las masas proletarias. De la actual forma de gobierno burgués que se apoya nuevamente en un partido, como el democristiano, querido por el Vaticano ya bestia negra de la burguesía itálica, puede decirse con toda la razón, que ese gobierno equivale a los gobiernos liberales y al fascista o a un hipotético gobierno de izquierda demócrata-social-republicana, que los vencedores de la segunda guerra hubiesen querido investir del poder. El peligro específico que este gobierno o, como se comienza a declamar, régimen filocatólico, presenta para nosotros, es precisamente el resurgir de la desenmascarada campaña anticlerical, nueva epidemia corruptora del movimiento de clase, que ya ha atravesado la otra crisis desastrosa del antifascismo.

Sólo de forma confusa podemos zambullirnos en el recuerdo de la crónica anticlerical, ofuscadora de la juventud de la generación que ha vivido las dos guerras. Los que tienen los cabellos grises no pueden dejar de recordar las invocaciones mitineras generadoras de confusión o bloqueadoras de este tenor: ¿Sois monárquicos? Debéis ser anticlericales porque la monarquía de los Saboya ha realizado la unidad Italiana pasando por la brecha de puerta Pía y afrontando la excomunión papal. ¿Sois republicanos? Debéis ser anticlericales como lo fueron Mazzini y Garibaldi, enemigos irreconciliables de la Iglesia católica. ¿Sois socialistas? Debéis ser anticlericales porque el cura es el aliado de los patronos. ¿Sois anarquistas? Debéis ser anticlericales porque la primera libertad es la del oscurantismo eclesiástico. Y, por consiguiente, corred todos a los brazos del «bloque popular» -del «círculo anticlerical»- de la «Asociación del libre pensamiento». Y después, aunque no voceado en arenga pública, sino susurrado en los casos oportunos en privado, de la Logia Masónica.

El material, el armamento de propaganda de este movimiento era inmenso, hurgaba en la historia, en la literatura, en la crónica de todos los países, servía en brazos y a paso reducido el pensamiento de escuelas, de autores, de escritores por otros reflejos respetables, movilizaba a Dante y a su Loba, a San Francisco, a la Virgen Pobreza, las persecuciones contra los herejes, las piras de Arnaldo de Brescia y Giordano Bruno y cien más, las guerras y los estragos de los reformados, la noche de San Bartolomé, las gestas de la Inquisición, el Índice, el Sílabo, las historias más o menos noveladas del Santo Oficio y de la Compañía de Jesús, la Vandea de Francia y el poder temporal de Italia con el martirio de los héroes del Resurgimiento, un verdadero arsenal insondable de mociones de los afectos.

Verdaderas ventiscas de esta campaña en el período que hemos recordado fueron la ley por la supresión de las congregaciones religiosas como entes jurídicos en Francia, con las ejecuciones de policía para el desalojo de los conventos obstaculizados por la resistencia de masas regurgitando plegarias, verdadero divorcio de la Tercera república de los amores con la Roma de los Papas -la tremenda borrachera de bloquismo masonizante entre socialistas de derecha, republicanos y demócratas radicales en Italia, que tuvo por bandera al famoso Asino (Asno) de Guido Podrecca, periódico ilustrado que exhibía cada semana hasta el aburrimiento la gorda y crasa figura de Bepi (Pío X) al lado de la figura enjuta del español secretario de Estado Merry del Val, y alimentaba clamorosas campañas con los escándalos de convites católicos llevando a la celebridad histórica los nombres de algunos curas pervertidos- la campaña internacional de protesta tras el fusilamiento en el foso de la Fortaleza de Montjuic del anarquista español Francisco Ferrer mal visto para la influencia de los jesuitas, en 1913, de quien se aprovecharon las hipócritas corrientes radicales burguesas para entremezclarse con las organizaciones extremistas, haciendo incluso aparecer en plaza pública, ante la Sorbona en París, en la manifestación de pueblo, las secretas divisas e insignias masonas endosadas por supremos dignatarios y «treinta y tres»[1].

La crítica marxista se dirigió contra los efectos deletéreos de este plan de contacto y de contagio entre fuerzas políticas de la clase burguesa y movimiento de los partidos obreros, mostrando cómo conducía directamente al extravío de cualquier enfoque de clase. Todo aquel humo ideológico sobre el pretendido conflicto entre modernas e inteligentes fuerzas burguesas y oscurantismo eclesiástico, todo el alboroto producido en manifestaciones multicolores de banderas tricolores y de estandartes rojos, que estimula un extremismo de feria con las oleadas de silbidos y de gritos de abajo a algún cura que por casualidad pasara vestido con hábitos negros por la calle, fue denunciado como una artimaña dilatoria de la formación de precisos alineamientos de clase de los trabajadores en sus organizaciones de lucha que amenazan directamente el interés patronal del burgués y quieren suprimir la explotación capitalista abatiendo el poder del estado que lo defiende, sin tener un tratamiento distinto para el empresario o el funcionario de policía que por ventura probasen ser enemigos del papa y no creer en Dios.

Esta polémica que atañe cuestiones profundas de doctrina y experiencias fundamentales de táctica política tuvo pleno desarrollo sólo en los pasajes latinos y de religión católica dominante, con reflejos y resultados inadecuados en los países anglosajones y en los orientales de Europa, pero constituye un trazo fundamental de la lucha marxista contra el oportunismo.

La lucha de la clase burguesa contra los poderes feudales se expresó teóricamente como reivindicación del libre examen y del derecho de crítica por la necesidad de oponerse al principio de autoridad fundado esencialmente en las bases religiosas y en los organismos eclesiásticos. Estos grandiosos movimientos presentados en el campo del pensamiento y de la cultura como renacimiento, reforma, iluminismo y romanticismo, encuadraron la subida al poder de los mercaderes y de los industriales burgueses, y su tradición histórica es propia del nuevo tipo de sociedad capitalista moderna. Las víctimas, los oprimidos, los enemigos de esta nueva sociedad y de la nueva clase dominante, los trabajadores asalariados, encaminados hacia una nueva revolución de clase y una nueva lucha por el poder, se dotan, con el marxismo, de una nueva doctrina. Esta consiste, a su vez, en una crítica de los fundamentos del ordenamiento contemporáneo, de su naturaleza económica y de su generación histórica, en una demolición de los principios ideológicos con los que éste se justifica. Tal doctrina socialista se da perfectamente cuenta de la importancia del traspaso social que fue anunciado por la batalla crítica contra los fundamentos de la concepción teológica del mundo, de la lucha por arrancar la indagación científica y la difusión de sus enseñanzas al monopolio del encuadramiento religioso y a los límites de sus cánones y dogmas. Pero, al mismo tiempo, descubre y denuncia la ilusión de que el «libre examen» sea una conquista suficiente para eliminar del seno de la sociedad las relaciones de explotación, de abuso y de opresión de clase.

Del «libre examen» y de las grandes fuerzas que están representadas por la ciencia, por la enseñanza y por la escuela, sólo pueden servirse las clases llegadas al poder: se trata de una conquista realizada sólo para los miembros de tal clase, o sea para una exigua y privilegiada minoría. La mayoría, obligada a un sobretrabajo y a una subnutrición, no obtiene ventaja alguna de la abstracta y vacía proclamación del derecho a investigar, a estudiar y a declarar las conclusiones de la crítica. El derecho a la alimentación y a la vida debe preceder y no seguir al derecho al pensamiento. El modo en que se realiza en el seno de la sociedad burguesa, sólo significa la constricción de los no burgueses y de los hambrientos a pensar según los cánones y los teoremas de las doctrinas que justifican el capitalismo y el sistema de la patronal, conforme con los intereses de los del buen vivir y de los poderosos.

El núcleo de la posición marxista se perdía, si no se veía que este encuadramiento de las fuerzas proletarias en la lucha por la libertad de pensamiento «en general» coincidía con la lucha para imponer a los proletarios el sometimiento, paralelo a la esclavitud económica, a pensar, a sentir y, peor aún, a sacrificarse y combatir por aquellos principios sobre los que la burguesía había construido su poder.

Esta reivindicación de las directrices clasistas se llamó, en la práctica y en la crónica política, intransigencia, rechazo de las alianzas por bloques electorales, incompatibilidad entre pertenencia al partido socialista y a la Masonería y a otras sociedades anticlericales, universidades «populares» y similares.

Estuvo muy claro desde entonces que el adjetivo popular nos daba asco. El populus romano, y el demos griego excluían a los esclavos, pero organizaban a patricios y plebeyos. La aristocracia feudal no quiso considerarse pueblo junto a los viles mecánicos, pero sin embargo ensalzó la liberación cristiana de los antiguos esclavos. La revolución de los burgueños antifeudales volvió a colocar en la escena histórica al pueblo, que en la moderna acepción significa complejo de patronos industriales, comerciantes y financieros con los pequeños propietarios y con los dependientes asalariados, en un conjunto indistinguible, con una disciplina jurídica común. Pueblo significa hoy abrazo entre el explotador y el explotado.

El marxista que dice pueblo o popular se ha suicidado.

 

HOY

Estamos, pues, de nuevo y después de tantos acontecimientos, en la lucha contra el oscurantismo. Los partidos de etiqueta comunista y socialista administrados con puro profesionalismo se sienten libres para usar cualquier arsenal. Llamados a luchar contra el hitlerismo y el fascismo y encontrando cómodo el uso del aliado democristiano, se mofaron de los prejuicios antirreligiosos y anticuras; organizaron el trabajo revolucionario en el convento; autorizaron a los afiliados a ir a misa, a la eucaristía y la extremaunción; ratificaron los concordatos con el Vaticano no sólo para satisfacer a los aliados social-católicos, sino con el mismo redactado estipulado por los odiados fascistas.

Llamados hoy a luchar contra el americanismo, puesto que éste se sirve del partido demo-sacerdotal en Italia, echan mano del arsenal del viejo masonismo. Pero, pensad por un momento que los patronos americanos hubiesen encontrado terreno propicio para administrar Italia con una organización de tipo masónico, si hubiesen sido más fuertes los republicanos, los liberales y los socialdemócratas de derechas, veríais hacer a aquellos señores, a los socialcomunistas, amplio y desenvuelto empleo de las tesis de la crítica marxista ortodoxa contra la burguesía laica y anticlerical.

La señal del nuevo alineamiento ha sido dada por la excomunión vaticana, provocada por el hecho de que los estalinistas locales han comenzado a molestar demasiado no a las nuevas jerarquías, sino a los círculos dirigentes del capital internacional.

Y dado que ahora ya el único medio de lucha política – no decimos medio admitido y tolerado, sino medio exclusivo – es el llamamiento a una movilización de coaligados, rápidamente ha sido lanzada la campaña por la unión de todos los «espíritus laicos», celosos de la sagrada conquista de la «libertad de pensamiento» y de las nobilísimas tradiciones anticlericales italianas.

Ya no sabemos dónde se podrán volver a encontrar estos aliados, auxiliares y coaligados, alquilado como está todo el ambiente pequeño burgués, y burgués de talla masónica al capital y al estado mayor occidental. Pero el deshinchamiento laicista era de rigor y se intenta igualmente. Sin que pueda conmover a los Saragat, a los Pacciardi, ni tampoco a los buenos cuerpos de los Nitti, Orlando, Bonomi y similares virtuosos de la cultura política laica.

No pudiendo movilizar a los vivos se moviliza a los muertos ilustres. Los editores de partido, más o menos alineados reimprimen a Voltaire ¡Los jefes estalinistas escriben prefacios para el «Tratado sobre la tolerancia»!

El camino del retroceso es un camino sin fin. Hemos partido de un vago reformismo de la sociedad burguesa, hemos llegado a una defensa de la revolución burguesa e incluso a una refabricación de la misma, a la repetición histórica del glorioso abatimiento del feudalismo. Una vez más un paso adelante – dos atrás. Hoy hacemos apología del reformismo de la sociedad feudal, la prudente reivindicación de que esta permitía cultos distintos del católico, como un hecho lleno de -obviamente concreta­ actualidad. Concretismo también es el del cadáver momificado ...

¡Y se dice que se trataría de la auténtica escuela leninista! Del terrorismo revolucionario y de la dictadura del proletariado, los moscovitas han llegado, pues, de etapa en etapa, a la tolerancia, palabra que parece susceptible de crear problemas decisivos y ponerle serios obstáculos a la política de De Gasperi. Dejémosles, el plan sería y es una necedad. Sólo debemos poner de relieve que desgraciadamente serían rosas y flores si, partiendo desde tan lejos, hubiesen llegado sólo a la tolerancia laico-liberal. De palabra han recorrido este camino, en los hechos, aquel camino todavía más largo que conduce al terrorismo contrarrevolucionario. Voltaire hace reír, pero sería manzanilla en manos de los ofrecedores de cicuta.

Hace años, pasó por las pantallas una bonita película titulada lntolerance. En un lapso de la historia y de sus trágicas luchas quería dar valor a la tesis de que el origen de todos los males humanos y de todas las tragedias sociales fuese un hecho intelectivo y moral, la incomprensión, la dura obstinación en no admitir y respetar las opiniones ajenas.

Tesis apta para conmover a una platea, tesis plenamente insertada en la literatura del laicismo y del libre pensamiento.

Es este el planteamiento que el marxismo ha querido invertir para siempre. No es la tolerancia la que hace avanzar al mundo. La tolerancia liga en su marcha a las clases oprimidas al conformismo del privilegio. La historia se agita cuando el ganado humano abandona la ilusión de la tolerancia. Pocos hombres son lobos para el hombre, demasiados son ovejas.

Las dominaciones de clase vacilan cuando, en el proceso real de las formas organizadas de la producción, violentas incompatibilidades con los tradicionales engranajes empujan a la vanguardia de una clase hasta el momento arrodillada a desembarazarse de las hipocresías de la tolerancia, para tomar la grande intolerante vía de la Revolución.

[1] N.d.T. En la Masonería del Rito Escocés Antiguo, es el número de grados jerárquicos, y treinta y tres se llaman los que llevan el grado más alto.

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